Ponencia presentada en el 27 Seminario Internacional Problemas de la Revolución en América Latina
Los últimos nueves meses en Perú han estado marcados por el descontento del pueblo trabajador peruano frente al régimen de Dina Boluarte, al cual hemos denominado dictadura cívico-militar, debido no solo a la influencia y actuación de las Fuerzas Armadas dentro de las decisiones políticas tomadas por el régimen, sino por la complicidad de diversos sectores en la Iglesia, las instituciones públicas y la burguesía que a pesar de alguna u otra desavenencia; convergieron como bloque en la contención de las protestas populares contra el régimen de Boluarte, el cual tuvo no solo un fuerte respaldo y participación de las Fuerzas Armadas, sino también el del Congreso de la República, el Poder Judicial y las dos principales facciones de la gran burguesía peruana. Y es que, en la convergencia, aunque sea temporal, entre la burguesía financiera y la burguesía media, cada una representada por ciertas figuras civiles y políticas se observó el ejercicio de la dictadura abierta de sus intereses, los cuales se encuentran alineados principalmente a los intereses de las transnacionales afines al imperialismo norteamericano y a este mismo.
Recapitulamos que el ascenso de Dina Boluarte al gobierno
forma parte de un proceso de descomposición y crisis de la democracia burguesa
en el Perú. Este proceso que sienta sus bases en la Constitución Política de
1993, toma curso desde el gobierno de Toledo y manifiesta sus primeros quiebres
durante el gobierno de Kuczynski como expresión no solo del descontento del
pueblo trabajador frente a las políticas antipopulares, la represión ejercida
por los gobiernos previos, la corrupción instalada en las instituciones
públicas, el enriquecimiento de la gran burguesía, las repercusiones económicas
internacionales producto de las disputas imperialistas, la entrega de los
recursos naturales a las transnacionales y el abandono del Estado a los derechos
sociales. Sino también, debido a las disputas interburguesas a nivel de Estado,
que determinaban la política estatal y fueron las mismas que frente a su
descrédito facilitaron el ascenso de Pedro Castillo al gobierno.
El contragolpe realizado a Castillo representó una
convergencia necesaria antes de volver a la misma dinámica de disputas por
legislaciones, posiciones e influencias dentro de las instituciones públicas
para facilitar la expansión de sus intereses mediante proyectos extractivos,
libertades económicas y posiciones en las instituciones públicas. Pedro
Castillo, debido a su propio carácter de clase, no supo resolver ni las
demandas populares ni conciliar con las facciones de la burguesía.
Los principales proyectos extractivos permanecieron obstruidos
dada la imagen que representaba para las comunidades nativas y campesinas en el
interior del país, quienes se mantenían a la expectativa de resolver sus
demandas con el gobierno.
Igualmente, ciertas instituciones públicas como la
Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (SUNEDU)
permanecían en manos de tecnócratas más afines a la burguesía financiera, es
decir, a familias como los Rodríguez-Pastor, los Romero, Brescia o Benavides;
facilitando la influencia de sus demandas dentro de la educación universitaria
y desplazando, la influencia que lograba tener la burguesía media antes de la
Reforma Universitaria, es decir, los Acuña, los Luna, etc. que siguen pujando
por mejores posiciones en la escala de poder económico y político.
El gobierno de Castillo, representó no solo un anti voto al
fujimorismo, particularmente en el caso de Lima; sino también cierta esperanza
para el pueblo trabajador, en especial del interior andino, incluyendo aquí
motivaciones étnicas, pero que ya acumulaba demandas vinculadas a la defensa de
sus territorios y los recursos naturales, como del medio ambiente, el
desarrollo agropecuario, el desarrollo económico y social, etc.
Sin embargo, las vacilaciones del gobierno de Castillo
llevaron a un punto de coincidencia, Castillo no resolvía las demandas
populares con firmeza pero tampoco desbloqueaba los proyectos y legislaciones
de la burguesía. El punto en que el conflicto con el Congreso de la República
llega a su tope límite es cuando Castillo empieza a mostrar nuevamente
inclinaciones por las demandas populares con el fin de volver a recibir el
respaldo necesario para sostenerse, empero, ese respaldo, debido a la carencia
de un partido y de un movimiento popular organizado y debidamente clarificado
no pudo ser efectivo. Ya gran parte de la pequeña burguesía que había votado
por él, y no solo contra el fujimorismo, le había retirado su respaldo. Sin
embargo, no confluía con la idea de retirarlo, sino con la de tolerarlo, fiel a
su carácter de clase y democratismo. Por otro lado, el papel de la clase
obrera, neutralizada en el marco de su sujeción a la Confederación General de
Trabajadores del Perú (CGTP) y del movimiento estudiantil, debilitado debido a
la virtualidad durante la pandemia, tampoco iba a poder enfrentar lo acontecido
con la efectividad necesaria.
Situación tal, el contragolpe de Castillo se da tras el
discurso de disolución del Congreso, convocatoria a elecciones generales y a la
elaboración de una nueva Constitución; siendo detenido por sus propios guardias
de seguridad cuadras después de emitido el discurso.
Dina Boluarte ascendió, de este modo, al Poder Ejecutivo
jurando en el hemiciclo del Congreso de la República.
La respuesta del movimiento popular no se hizo esperar, en
las regiones andinas: Apurímac, Puno, Cusco, Ayacucho y demás iniciaron las
movilizaciones contra el ascenso de Boluarte, calificándola como usurpadora y
elevando las primeras demandas, entre las que aún destacaba la restitución de
Pedro Castillo. Mientras tanto, y sin embargo, en Lima la respuesta no fue la
misma, sino pasiva; la pequeña burguesía limeña, que ya había retirado su apoyo
a Castillo, no esperaba que Dina Boluarte fuera a ser peor y responder tan
agresivamente a las protestas.
Las manifestaciones en el interior, se dieron de modo
disperso, esto, señalado ya en los debates de balance político con las
organizaciones populares, facilitó la represión de las Fuerzas Armadas,
avaladas por decreto de Estado de Emergencia.
La respuesta de Dina Boluarte fue tal, que consiguió ganarse
el descontento de Lima, que frente a las masacres desatadas en el interior,
empezó a solidarizarse ni bien empezaron a llegar las primeras comunidades del
interior del país en enero del 2023, luego de una corta tregua durante fiestas
de fin de año.
El régimen pretendió aparentar la tradicional disputa con el
Congreso de la República, empero, realmente confluían en la defensa de sus
posiciones y los intereses de clase de la burguesía. Esto no tardó mucho en
visibilizarse. Pues ya con anterioridad, el pueblo venía demandando “que se
vayan todos” y frente al escenario represivo empezó a hacerse más fuerte la
demanda de la Constituyente.
Un momento clave en la indignación popular fue la represión
y humillación que sufrieron las comunidades que se intentaron instalar en el
Campus de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde mediante la
Federación Universitaria de San Marcos, se consiguió débilmente permitirles residir
durante algunos días, siendo más fuerte la posición reaccionaria de la rectora
Jerí.
La solidaridad de la pequeña burguesía y los trabajadores y
parte del movimiento estudiantil limeño se hizo sentir en alojamientos y
aportes materiales, alimenticios y otros; que complementaron la propia
organización de las comunidades y quienes venían por cuenta propia.
Esto, a pesar del acoso a los buses y vehículos donde venían
las delegaciones, facilitó la movilización de las regiones en Lima, en la cual
no se había encontrado el suficiente respaldo en el aspecto de la lucha
callejera. Las delegaciones habían comprendido la importancia de Lima dentro de
la lucha política, ya se había elevado el carácter de la lucha. Sin embargo,
todavía se carecía de figuras y organizaciones centrales, sumado a la
inexperiencia de la lucha en una ciudad como Lima. Esto representó ciertas
limitaciones, pero no frenó la contundencia del movimiento. Los sindicatos, los
estudiantes y particularmente, los frentes mega distritales activaron las
movilizaciones desde los extremos de la ciudad.
La evolución y experiencia que fueron ganando las masas
llevaron a la formación de un Comité Nacional de Lucha, resaltando aquí la
participación de los universitarios y egresados en la unificación de la
Plataforma de Lucha: 1. Renuncia de Dina, 2. Disolución del Congreso, 3.
Liberación de todos los presos desde el 7 de diciembre, 4. Sanción para los
culpables y reparación a las víctimas de la represión; 5. Constituyente
Soberana y Popular.
Así mismo, llevaron a un día central, aunque no previsto. El
28 de enero la represión fue descontrolada y se cobró una víctima, pero el
régimen tuvo quiebres y el descontento se generalizó aún más. Las actitudes
para disimular legalidad y minimizar las movilizaciones, así como de
estigmatización y el discurso democrático fariseo no podían ocultar la
violación a los derechos humanos de los detenidos, heridos y dirigentes;
quienes eran acosados en los hospitales, comisarías, centros de acopio y
alojamiento y actividades propagandísticas. Algunas organizaciones
internacionales, aunque no de modo contundente, remarcaron las observaciones
sobre el uso de la fuerza, los derechos humanos y la situación de las
instituciones. Los encubrimientos y órdenes de represión a mansalva fueron
descubiertos. Sin embargo, este mismo día clave para el movimiento popular
también fue clave en su repliegue, el nivel de articulación empezaba a
visibilizar un desgaste anímico, económico y político. La carencia de
organizaciones políticas que puedan ordenar los frentes y comandar acciones
sólidas y precisas fue el principal factor que produjo semanas seguidas de
movilización de las delegaciones regionales en grupos nutridos pero aislados de
la masa total de manifestantes y en un ritmo diferente al de los trabajadores,
estudiantes y barrios de Lima. La represión a grupos pequeños facilitaba el
desgaste del movimiento y sus recursos, particularmente dada la focalización de
las movilizaciones en el Centro de la ciudad, logrando impactos reducidos para
el resto de la urbe, no se ejecutó una estrategia descentralizada. Esto obligó
un repliegue generalizado con la promesa de recuperación y retorno para fiestas
patrias. Pero dejó un avance importante, el convencimiento ideológico del
pueblo peruano en torno a la necesidad de una Constituyente Popular y una nueva
Constitución, elevándose la aprobación de la demanda de un 30% a un 70%; así
como el desenmascaramiento pleno del papel de Dina y los negocios con el
Congreso.
Sobre este escenario se produjeron los posteriores debates
al interior de los frentes, entre los cuales resaltó la polémica sobre la
restitución de Pedro Castillo bajo la figura de “defensa del voto”, la de
retornar inmediatamente a la Constitución de 1979 y la de convocatoria a
elecciones generales a secas, sin disputar la consigna de un referéndum
constituyente. Las diferentes facciones que giraron sobre la indignación y
plataforma mínima de diciembre manifestaron fraccionamiento. El Comité Nacional
de Lucha fue el principal espacio en fragmentarse y los vínculos con las masas
de trabajadores en el campo y en la ciudad se debilitaron más.
Las expectativas para julio eran semejantes a la afluencia
desarrollada entre diciembre y febrero, sin embargo, se estimaba que la lucha
en calle se diera paralelamente en las regiones con un mínimo de sostenimiento
en el tiempo, y al menos, el 19 de julio, que se conmemoraba el paro de mismo
día de 1977 que sacudió a la dictadura de Morales Bermudez, fue un día de
paralización y movilización masiva en diferentes regiones, y resaltó la
afluencia de los trabajadores y pequeñaburguesía limeña, pero no se contó con
que para fechas posteriores hacia el 27, 28 y 29 de julio; la pequeña burguesía
preferiría cumplir las celebraciones de fiestas y se visibilizara el desgaste
del vínculo con las masas en el interior.
Las condiciones políticas que atraviesa el país y el nivel
de consciencia del movimiento popular se han elevado, ya no existe la misma
sensación de esperanza de cara a la “democracia” peruana y sus instituciones,
el mismo desgaste de los partidos de izquierda también ha demostrado el nivel
de descomposición que comparte junto a los partidos de la derecha, ninguno de
los otrora candidatos de izquierda como Verónika Mendoza y otros han sido
consecuentes ni capaces de centralizar en su imagen el descontento, han huído
de la radicalización en el interior y en la capital, una expresión de su
inconsistencia orgánica, pobreza y desviaciones ideológicas, vicios
conductuales y desvinculación con las organizaciones populares y los
trabajadores de a pie; elementos que también salpicaron la coyuntura reciente y
deben ir siendo superados.
Estas condiciones que persistirán y se acentuarán en lo que
dure el régimen Boluarte facilitan y demuestran la necesidad de una organización
política, cuadros, dirigentes y frentes que puedan recoger, clarificar y
fortalecer los lazos con las organizaciones populares y los trabajadores. Se
desprende que hay amplios sectores que siguen buscando una orientación
centralizada y personificada, y no debemos confundir aquí esto con caudillismo.
Por otro lado, el régimen no ha podido aún desbloquear
diferentes proyectos extractivos en el interior andino, esto es un problema
para la burguesía financiera, y aun cuando persista su tolerancia a los
movimientos de la burguesía media tratando de orientar otras instituciones a su
favor, realmente esa tregua, dentro de un gobierno y Congreso de los que brotan
los escándalos de corrupción, como factores que han detonado ya antes
diferentes movilizaciones populares, y a los que se le suman niveles elevados
de desaprobación: 71% contra Dina y 88% contra el Congreso, implican
condiciones en las que la burguesía y el régimen podrían bajar la guardia o
entrar nuevamente en crisis. Favorecen por tanto, la maduración del movimiento
popular, aun cuando depende más de los acontecimientos en las alturas, antes
que de su propia iniciativa.
Estas han sido jornadas históricas que aún no terminan y que
se encuentran en un desarrollo que va a la par de las condiciones económicas,
políticas y sociales de nuestra época, enmarcadas también dentro de la política
internacional, pues sabemos que el Perú es también parte en las disputas
imperialistas entre el bloque norteamericano-europeo frente al bloque
chino-ruso y el talante que tome la burguesía y sus representantes en el país,
fortalece la influencia y posibilidades de uno u otro frente imperialista.
Para finalizar, rescatamos la importancia de las demandas
populares comprendiéndolas dentro de las condiciones y contexto actuales. La
salida de Dina Boluarte del gobierno representaría una oportunidad para el
movimiento popular y su fortalecimiento en el marco de la lucha de clases, pero
entendiendo las limitaciones de los trabajadores en el campo de la lucha
electoral como carecer de figuras y organizaciones que puedan representar una
posibilidad alternativa a las rotaciones entre representantes de la burguesía,
sea financiera o media, desde los partidos de izquierda o derecha con
inscripción electoral. Esta situación encerraría nuevamente al voto popular
entre partidos de izquierda descompuestos y la persistencia del fujimorismo y
aliados de recuperar posiciones en el Estado, y con un perfil represivo, dado
el desarrollo del movimiento popular.
Asimismo, la lucha por sanción y reparación en torno a la
represión representa si una lucha de mediano aliento, debido a las resistencias
que existirán para omitir o desfigurar los hechos, aún con el peso de
investigaciones periodísticas, testimonios de policías y militares, y
observaciones internacionales.
También la lucha por la liberación de los detenidos desde el
7 de diciembre representa un plano legal donde incluso, se incluye a Castillo,
pero dentro de diversos sectores populares la imagen de este ya está desgastada
y se aceptó el contragolpe como un hecho sin retorno, no se prestan condiciones
que lo retornen a una situación de presidencia ni de caudillo populista, más
que como un bache dentro de la unidad programática del movimiento.
Y la Constituyente, entendemos que en estas circunstancias,
ni la salida de Dina ni la disolución del Congreso, ni nuevas elecciones con
referéndum implican un cambio profundo para el pueblo trabajador, sin embargo,
si forman parte del desarrollo histórico, implican oportunidades y cumplen un
rol educativo en las masas populares. Y ese es el sentido de la Constituyente,
que mientras para las facciones socialdemócratas representa un fin, para la
clase obrera y el pueblo debe representar un medio y una herramienta en la
lucha de clases, una que le permite mejores posibilidades en la defensa de sus
intereses y ahí su sentido reivindicativo, como parte de la lucha de clases.
