Eso es lo que pasaba con el LUM. Guardaba toda la narrativa de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), texto donde se omite muchos de los actores y actos que ocurrieron en el conflicto debido al interés de sus autores (liberales y socialdemócratas). Imbuido de toda la ideología liberal-cristiana de la justicia transicional que la democracia alemana aplicó para resarcir las atrocidades que el fascismo causó al salvaguardar el sistema capitalista. En otras palabras, reparación de los efectos colaterales que su mismo sistema genera. Tiene como fin generar una constricción cristiana en toda la sociedad para que dichos actos violentos en la política no se repitan, pero se siga manteniendo el sistema. Para ello, es necesario recordar, y con esto, criticarse como sociedad.
Si Alemania es quien tuvo más éxito en aplicar la justicia transicional fue bien porque su economía de bienestar impidió un retorno radical masivo del espectro ideológico que sea, y porque señaló particularmente a un responsable de tal proceso de violencia: el Partido Nazi. Mismo que al estar completamente derrotado se le juzgó, prohibió y buscó censurar en cualquier tipo de manifestación dentro de la sociedad alemana. No fue tanto así con los industriales que lo financiaron o con el ejército (Wehrmacht) que ejecutó sus órdenes. Que recibieron penas más leves y hasta una lavada de cara en el caso de la Wehrmacht.
La primera experiencia donde se quiso replicar la justicia transicional en Hispanoamérica fue en Argentina con la caída de la dictadura en 1983. Donde se tuvo mayor dificultad porque a quien se pretendió llevar al banquillo de los acusados fue a las mismas Fuerzas Armadas (FFAA). Siendo esta vez no un organismo creado fuera del Estado y que capturó este (partido político), sino un organismo que era parte del mismo Estado, las FFAA. Si la experiencia fue exitosa aún con sus dificultades y retrocesos, es por la forma en que salieron las FFAA del poder. No solo demostraron que eran incapaces de administrar el Estado, pues lo dejaron en crisis económica y con incremento de la deuda externa; sino peor aún, porque demostraron que eran incapaces hasta para eso que justifica su existencia y es en lo que deben estar especializadas, la guerra. La derrota argentina en la Guerra de las Malvinas hizo que la dictadura y todas las FFAA salieran totalmente desacreditadas del gobierno. Su única justificación intentó ser que defendieron al país de la subversión, argumento que se caía porque las organizaciones subversivas (ERP y Montoneros) ya se encontraban derrotadas antes del golpe en 1976, y los pocos líderes guerrilleros que sobrevivieron también fueron llevados a juicio en 1985.
En El Salvador donde el conflicto culminó con un acuerdo de paz en 1992. Y las FFAA y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) se encontraban en una semejante paridad de fuerzas. La justicia transicional fue menos exitosa por la amnistía general que el acuerdo de paz brindó a todos los implicados del conflicto. Hecho que recién está tratando de resarcirse en los últimos años cuando la corte internacional determinó que los crímenes de lesa humanidad no pueden ser blindados por alguna amnistía de cualquier tipo. Peor aún fueron los casos de Guatemala y Colombia, donde los acuerdos de paz se hicieron entre una mayor disparidad de las FFAA y los grupos alzados en armas. Teniendo los primeros la ventaja se sintieron más envalentonados a la hora de ser juzgados. Llegando en el caso colombiano a construir una coartada donde se responsabilizó de la mayor parte de los crímenes del conflicto a los grupos paramilitares, como actores externos del Estado, pero que en verdad se sabe que actuaron bajo cobijo y dependencia de las FFAA.
El caso peruano es más complicado. Aquí los grupos alzados
en armas no tuvieron ni siquiera la fuerza para arrancar un tratado de paz, y
uno de ellos, Sendero Luminoso, se encontraba en una situación de más
desprestigio que las FARC en Colombia, la URNG en Guatemala o Montoneros en
Argentina. Por el lado de las FFAA, estas se sintieron más victoriosas al
finalizar el Conflicto a pesar que tuvieron un rol nefasto. La propaganda
victoriosa de la Guerra del Cenepa (1995), que ya se sabe que fue empate con
Ecuador, y la Operación Chavín de Huántar (1997) hicieron levantar más su
imagen ante la ciudadanía. Su descrédito finalizado el conflicto obedeció
principalmente a la complicidad que tuvieron con el fujimorato siendo sus
chivos expiatorios Vladimiro Montesinos, Martín Rivas y Nicolás Hermosa Ríos.
Después las FFAA se han sentido siempre envalentonadas para
no querer rendir cuentas, encubrir a sus criminales (Camión, Wilfredo Mori,
Giampietri, etc) y llegar a conducir a los poderes del Estado con sus esbirros
(William Zapata, Montoya, Chiabra, Cueto) para querer construir una narrativa
propia donde el terrorismo de Estado se encuentre omitido o totalmente negado
en las páginas de la historia. No bastaba con que se remplace el término
Conflicto Armado Interno (CAI) por el de Época del terrorismo (una sola
característica del conflicto), cesión estúpida que empezó hacer el LUM. Se
dieron cuenta los milicos que dentro de ese término también podía caber el de
terrorismo de Estado.
¿Pero por qué ahora se expresa esta censura desde que
finalizó el conflicto en el 2000? La situación tiene que ver con las
contradicciones de clase en la sociedad. El LUM ciertamente fue creado con
financiamiento extranjero, y de hecho múltiples museos en el Perú son creados o
sostenidos por donaciones extranjeras privadas o estatales. Este se encontraba
manejado por una pequeña burguesía intelectual vinculada a los organismos
internacionales de la gran burguesía financiera que desde que finalizó la
Guerra Fría ha permitido la crítica sin que altere el sistema.
Sin embargo, en los últimos años conforme avanza la crisis
del capitalismo va existiendo menos espacio para la crítica, pues el recuerdo,
aunque desfigurado y todo, igualmente despierta una crítica en el presente,
dado que no se puede negar los efectos y crímenes sucedidos. Así, la historia
por sí sola se vuelve peligrosa, no en vano Engels decía que el materialismo
histórico no es otra cosa que la ciencia de la historia. Y tanto él como Marx
alimentaron su ciencia de toda la historiografía burguesa anterior. Por esto,
en anteriores crisis del sistema tanto los fascistas europeos como las
dictaduras del Plan Cóndor tuvieron entre sus enemigos al mismo recuerdo, que
trataban de eliminar mediante la quema de libros o cierre de espacios que lo
mantuvieran, sean estos con ideología burguesa o proletaria.
En el presente esto se ve expuesto con las pugnas
interimperialistas en la Guerra de Ucrania. En los medios occidentales más
“respetados”: BBC, DW, France 24, el País, etc. Ya no hay cabida para la
crítica y las voces disidentes que corresponsabilicen a occidente de la guerra,
o al menos, de provocarla en el 2013 con el Euromaidán. De esa forma, Rusia ya
no es Europa, es enemigo de esta; su papel en la derrota del fascismo es un
recuerdo incómodo e innecesario; y Ucrania es una democracia, pese a que pulule
el fascismo. Algo similar ocurre desde el otro lado.
Así, espacios como el LUM, aunque reproducen una narrativa
liberal-cristiana, son espacios que llamaban al recuerdo y que generaban
discusión. Los museos y las universidades en el capitalismo, pese a que
reproducen la ciencia burguesa, resultan estorbosos y peligrosos cuando el
sistema se siente amenazado. Su intervención o su censura se hacen necesarios
para silenciar la crítica. Y la burguesía peruana (financiera y media) no se ha
sentido tan amenazada como ahora desde hace más de treinta años.
Qué los sectores maoístas ahora se burlen del cierre del
LUM, no muestra más que su propia incapacidad para el debate, para defender su
posición o propia narrativa más allá de algunos claustros universitarios, y
peor aún, en generar propuestas para el destino de los espacios que mantengan
la memoria histórica. En el Perú hay una diversidad de museos que incluso
reciben financiamiento de la embajada norteamericana: Mali, Chan Chan o el
mismo museo Arqueológico y Antropológico de San Marcos. Que la pequeña
burguesía intelectual encargada de su manejo se haya formado en el
extranjero-imperialista es algo que también tendríamos que reprochar en Julio
C. Tello o José María Arguedas. Lenin en la Cultura Proletaria se burlaba de
aquellos que creían que solo leyendo marxismo podrían ser marxistas. Y por
último, que el LUM esté supeditado al gobierno (Ministerio de Cultura), es algo
que debiéramos buscar resarcir en vez de aplaudir su cierre. Porque el día de
mañana tendríamos también que reírnos si la Casa Mariategui es cerrada ya que
aún guarda una visión edulcorada del Amauta al depender también del Ministerio.
¿Bastante cojudo, cierto?
Las alternativas pueden estar en que el LUM sea manejado por
las asociaciones de víctimas del conflicto como el Museo de Anfasep que está en
Huamanga o pase a manos de alguna escuela de Historia de una universidad
pública, o un consejo de ellas. Pues bien, sea su pase a manos de la sociedad
civil o una institución autónoma del Estado, esto impediría que su narrativa
esté supeditada a los antojos del gobierno o a la intimidación de los milicos.
Además, podría abrir más espacios de debate para forjar una narrativa distinta
que haga comprender de una forma más materialista el desarrollo del conflicto y
de la historia en general. Pero de ninguna forma, tolerar su cierre.
Aún recuerdo un debate en el LUM cuando un milico se molestó
porque demostré que las propias pugnas interburguesas favorecieron al
crecimiento de Sendero, un ejemplo de ello fue cuando los milicos
desaparecieron los archivos sobre organizaciones radicales del Ministerio del
Interior al inicio del gobierno de Belaúnde, con la intención de hacerlo
fracasar. Roncha le salió y les seguirá saliendo, porque no olvidamos ni
olvidaremos.
Autor: AC
