Los últimos proyectos de ley que se debaten en el Congreso de la República sobre la composición del Consejo Directivo de la SUNEDU y el darle otro otra oportunidad a universidades no licenciadas, impulsadas por los rectores y dueños de universidades privadas no licenciadas, y que tienen como principales opositores a otros rectores y dueños de universidades licenciadas, expresan una nueva batalla por el manejo de la educación superior universitaria. El debate lejos de ser presupuestario, académico o pedagógico, lejos de poner a cuestionarse ¿Cuánto se necesita para recibir una educación científica? ¿Qué es lo que se debe impartir y cómo hacerlo? Solo se remite a una simple pregunta ¿Quién debe manejarlo? La explicación de por qué el debate solo se atiene a eso no es complicada.

Ya es conocido que desde inicio de los 90, con la imposición del neo liberalismo, se introdujo el lucro en el sector educativo, entre otros sectores. Nuestra burguesía o empresariado parasitario al hacer evidente su incapacidad por industrializar el país, se enfocó en abrir al capital privado sectores del Estado que se usaban para brindar derechos: salud, educación, pensiones, entre otros. De todos estos sectores el más lucrativo resultó ser el sector educación. El Mito del Progreso (1), tan popularizado por antropólogos como Carlos Iván Degrégori, se propuso como la nueva esperanza que la población peruana acogía para ascender socialmente, pues para dejar atrás la pobreza tenía como principal vehículo a la Educación. Supuestamente por medio de este vehículo las clases populares podían aspirar a ser clase media, y la clase media a clase dominante.

Si desde mediados del siglo XX la población estudiantil se incrementó significativamente, en las dos últimas décadas de ese siglo el crecimiento fue exponencial. La primavera capitalista de los 90 (con dictadura incluida en nuestro caso) reforzó la idea del progreso individual que demandó de más cobertura educativa en la forma que sea. De ahí que la apertura a la iniciativa lucrativa-privada en el sector educación se hiciera pasar más como una necesidad que como un interés. La Constitución de 1993 (2) es lo que da piso a ello, pero requirió de normas específicas que permitieran usufructuar mejor las creencias del reciente mito. El terreno del sector público se empezó a allanar con el Decreto 739 de 1991, por el cual el Estado se desprende de su responsabilidad de incrementar presupuesto a la educación universitaria pública mediante la creación de los Recursos Directamente Recaudados (RDR) y que para goce de las autoridades de la universidad serían difíciles de fiscalizar (botín de las mafias docentes). De ahí que el costo de Cepres, exámenes de admisión, títulos y constancias (el sentido lucrativo en la universidad pública) se elevarían inversamente proporcional a las ganas de exigir más recursos ordinarios al Estado. Las barreras económicas para ingresar o egresar si antes las ponían las condiciones estructurales de la sociedad, ahora las ponía directamente la misma universidad.

Para el sector educativo privado fue dado el Decreto 882 de 1996 que permitió la creación de instituciones educativas privadas con fines lucrativos (societarias). La desidia de extender la educación universitaria pública (salvo sus crepres) contribuyó a que el vacío sea ocupado por los futuros empresarios de la educación. Una nueva oferta educativa privada emergió aprovechando la ya enorme demanda. El precio se iba determinando acorde al bolsillo de quien podía pagar. De esa forma el emprendedor que resulta de esa época no es un producto de la formación de esa educación, sino un usufructuario de las ganancias que esta le daba. El Mito lejos de ser un medio se volvió un fin sí mismo.

Esta etapa de apertura que incluye a la primera década del siglo XXI se puede considerar como la de creación de un mercado educativo aún desconcentrado.  Y las consecuencias fueron la reproducción de las relaciones sociales de producción capitalista en cada aspecto de la educación: los sectores de la burguesía incrementaron sus ganancias, consolidándose uno y emergiendo otro; el docente-intelectual de universidad se convirtió en un asalariado más que vendía su fuerza de trabajo donde mejor le pagasen; y el estudiante, en un receptor y reproductor de la filosofía liberal-pragmática que revestida como Mito del Progreso le reforzara la idea de ser en el futuro cuanto menos un mediano empresario, un pequeño patrón, un pequeño burgués. Y, de hecho, posiblemente en ningún momento de nuestra historia republicana hayamos tenido tanto porcentaje de la población peruana que se haya asumido como Clase Media (3).

La promulgación de la Ley Universitaria 30220 en el 2014 corresponde a otra etapa. Una en que determinados sectores de la burguesía, principalmente la financiera o ligado a esta, ya han consolidado su poder y aspiran a concentrar el mercado educativo desplazando a la competencia. La Ley, salvo la derogación de algunos artículos del Decreto 882, lo asimila en su esencia, como asimila también al Decreto 739 de los RDR (4). No pretende eliminar la corrupción de la Universidad Pública, sino alternar nuevas mafias que sean funcionales al gobierno de turno. No se crea para combatir el lucro, sino para reglamentarlo en favor de determinados sectores empresariales, su instrumento, la Sunedu (el Poder ejecutivo). Las ganancias, los 200 mil estudiantes de esas universidades no licenciadas que aumentaron la demanda de sus instituciones educativas privadas. El pretexto, un nuevo mito que se le agregó al anterior, la Calidad. Por eso esta etapa corresponde a una concentración del mercado educativo donde el capital oligopólico se busca imponer.

Es así que las disputas por terminar de consolidar el capital oligopólico en la educación universitaria ocasionan periódicamente sucesivas crisis políticas entre los dos sectores de la burguesía que desean más tajada en el mercado educativo.  El Mito rinde demasiadas ganancias como para dejar que solo algunos lo acaparen. Y las ofensivas de la burguesía media por recuperar tales ganancias han sido de tal magnitud que desde el 2016 han ocasionado caída de ministros (Jaime Saavedra), gabinetes enteros (el de Fernando Zavala) y hasta la caída del mismo Presidente de la República (Martín Vizcarra); pues cuentan con sus representantes políticos manejando el poder legislativo. Y si esa última batalla del 2020 no pudo revertir la victoria que la burguesía financiera obtuvo en el 2014, esperan que la de este año sí lo haga. Ahora el ejecutivo si bien sigue contando con los tecnócratas de la burguesía financiera en la Sunedu, se muestra permisivo con que la burguesía media obtenga parte de su manejo. Sin embargo, el desenlace de esta batalla no asegura en lo más mínimo el fin de la guerra por el manejo de la educación. Los rectores no es que busquen hacer lo que quieran con los RDR para estar tranquilos, ya lo hacen, la disputa es qué sector docente los maneja; y en las universidades privadas, la naturaleza misma del capitalismo ocasionará una nueva concentración así haya ahora una desconcentración temporal, por lo que va resultar inevitable que se realice un nuevo desplazamiento de alguna parte de la oferta.

Lastimosamente, en esta batalla los estudiantes se encuentran casi excluidos, peor que cuando se les impuso la Ley Universitaria 30220 que solo contó con el aval traidor de la dirigencia de la FEP y la FEPUCP. Ahora, solo algunos gremios estudiantiles como los de San Marcos (FUSM), Villarreal (COODE), Cesar Vallejo (FEUCV) y entre otros de provincia, han apuntado a atacar la matriz del problema que es la introducción de lucro en la educación universitaria, el irrisorio aumento del presupuesto a la educación pública que le sirve de palanca al primero, y a proponer que si hay un órgano rector de la universidad peruana este debe ser verdaderamente autónomo y contar con la participación paritaria de los tres estamento de la universidad (estudiantes, trabajadores y docentes) en su dirección, tal y como debiera replicarse en cualquier instancia del gobierno de esta. Los demás gremios se encuentran en el letargo o en el seguidismo de defender “la calidad” de una falsa reforma universitaria que no les traído ningún avance, ni siquiera en lo presupuestario.

Ante ello es necesario que los estudiantes rompan con los mitos que les ha creado la burguesía. Que se deshagan del Mito del Progreso como del de la Calidad oponiéndole una teoría científica que apunte a la raíz del problema. Las recientes crisis del sistema han removido los mitos de la clase dominante pero no lo suficiente como para generar una crisis de su hegemonía cultural. Por eso los estudiantes no deben remplazar los viejos mitos con otros nuevos, sino con la explicación científico-materialista de sus problemas y la enseñanza didáctica de esta a los trabajadores (5). Que, en el campo educativo, se traduce apuntalando a la necesidad de eliminar el sentido lucrativo que los sectores de la burguesía le han dado, si se apuntara a eliminar este verán que no habrá mucho de lo que quieran disputarse.

Notas:

1. El fin de guerra fría con la caída de las democracias populares, la desarticulación de las organizaciones sociales (sindicatos, federaciones) y el pase de una sociedad semifeudal a una de capitalismo atrasado en el Perú conllevaron a la imposición de nuevos idealismos provenientes de la clase dominante. Uno de ellos fue el Mito del Progreso como forma de progreso individual a través y por la educación.

2. A comparación de la Constitución de 1979 que solo permitía la educación privada sin fines de lucro (art. 30°), la Constitución de 1993 quitó esta restricción para que la educación privada pueda también tener este sentido (arts. 17° y 18°). Además, la segunda relativiza la gratuidad de la educación universitaria según el rendimiento y nivel socio-económico del alumno (art. 17).

3.  Según el Instituto de Economía y Desarrollo Empresaria de la Cámara de Comercio (Iedep) la clase media en el Perú llegaba a ser el 43% para el 2019, sin embargo, también señala que tras la pandemia esta se redujo casi a la mitad (24%).

4. En el artículo 110°, incisos 2´ y 7´, de la Ley Universitaria 30220 se mantienen la figura de los recursos directamente recaudados (RDR).

5. Si bien compartimos las tesis marxista-leninistas de José Carlos Mariátegui, consideramos que la Teoría del Mito como instrumento que moviliza a las masas es una importación que Mariátegui realiza del idealismo de Georges Sorel. Es cierto que a lo largo de la historia las clases dominantes han creado innumerables mitos para hacer simple la explicación de sus teorías idealistas a las clases dominadas; pero el marxismo-leninismo y el socialismo científico no pueden esperar ser acogidos por los trabajadores en la forma idealista de un Mito, sino por la enseñanza didáctica de ser una necesidad histórico-social a sus problemas materiales.