Ha sido la necedad de querer expandir la alianza militar de
la OTAN más al este lo que ha provocado al otro imperio. Desde la lógica de la
geopolítica imperialista este no tenía más que reaccionar antes que lo
terminaran de poner en jaque, y de hecho, lo hizo. Es por eso que esta posición
se cae sola a pesar de la lavada de cara que los liberales y caviares de ONG (posmodernos)
tratan de darle a Occidente.
Centrémonos más en lo que tienen que decir las fuerzas
políticas más progresistas sobre la guerra entre Ucrania y Rusia. En general
existen dos posiciones. En la primera, tenemos a una izquierda que apoya las
acciones militares de Rusia y que repudia el actuar del imperialismo yanqui. En
la segunda se rechaza tanto a la política exterior rusa como la de EEUU-OTAN, y
es más, califica a ambos como potencias imperialistas. Nosotros nos hemos
decidido por tomar la segunda posición, y lo decimos de manera abierta.
Algunos partidarios de la primera posición — a los que de
ahora en adelante llamaremos “socialdemócratas” — han llegado a afirmar que el
conflicto en Ucrania no es una invasión propiamente dicha; sino una “operación”
rusa con el objeto de “desmilitarizar” a Ucrania. Este argumento no se sostiene
por ninguna parte. Si los rusos hubiesen querido “presionar” a Ucrania para que
su ejército se desmovilice, las acciones no hubiesen pasado de bombardeos a
infraestructura militar ucraniana y la ocupación del Donbás — lo cual incluso
puede considerarse un casus belli para Ucrania —; y sin embargo los rusos han
movilizado sus tropas al interior del país, han tomado ciudades y sitiado las
más importantes. Y si a esto no se le puede llamar una invasión porque el
objetivo es deponer al gobierno pro fascista de Ucrania; entonces tampoco
podríamos llamar invasión a las operaciones militares que llevó a cabo EEUU en
Panamá, 1989, para derrocar a Manuel Noriega, ex colaborador de la CIA. En
realidad no podríamos calificar tampoco de invasión a la mayoría de
intervenciones militares del imperialismo yanqui en América Latina como las de Guatemala
(1954) o Granada (1983).
Los socialdemócratas que sí se atreven a reconocer la
invasión rusa, usualmente la justifican con el mismo discurso que utilizó Putin
al anunciar las operaciones militares el 24 de febrero del 2022. Es decir, la
de “desnazificar” Ucrania y defender los pueblos de Donetsk y Lugansk.
Entonces, para los socialdemócratas es correcto ponerse de lado de Rusia pues
sería una guerra anti fascista contra los ultra nacionalistas y paramilitares
filo nazis de Ucrania; los cuales vienen cometiendo masacres en Donetsk y Lugansk
por ocho años seguidos de guerra. Es completamente cierto que el fascismo ha
crecido peligrosamente en Ucrania bajo la tutela del gobierno y la complicidad
de Occidente. Existen batallones fascistas como el de Azov, dentro del mismo
ejército ucraniano. Los ultra nacionalistas empiezan a revalorar a la asesina
División de las Waffen SS Galitzia, autores de masacres durante la II Guerra
Mundial, y elevan a un colaboracionista nazi como Stepan Bandera a la categoría
de héroe nacional. Agregando que los fascistas han realizado ya carnicerías en
Ucrania como la de Odessa en el 2015.
Sin embargo, Vladimir Putin está lejos de ser anti fascista.
Para empezar las políticas rusas tienen más asidero en el conservadurismo
político que en el progresismo. No es un secreto la homofobia y el machismo que
el gobierno promueve. Así como el empoderamiento de la Iglesia Ortodoxa en la
educación y el ensalzamiento del Zar Nicolas II como un santo. Las elecciones a
la duma del año 2018 estuvieron marcadas por la prohibición a varias
candidaturas, entre ellos de los comunistas, lo que explotó en protestas, la
persecución y encarcelamiento de los manifestantes. En las elecciones
legislativas del año 2021, el Partido Comunista denunció un fraude en su
contra. El fascismo mismo crece bajo las narices de Vladimir Putin. El partido
fascista Rodina, con representación en la Duma, afirmó que “Ucrania fue y será
nuestra” el mismo día de la invasión rusa, destilando un chovinismo
nacionalista repudiable. El Partido Liberal Demócrata de Rusia, encabezado por
Vladímir Vólfovich Zhirinovsk, es otra agrupación fascista, el cual abogó por
la invasión a Ucrania y es además un fiel aliado de Putin en la Duma.
En cuanto a política exterior, tampoco notamos que el
gobierno ruso pretenda desnazificar a sus aliados como Kazajistán o Chechenia.
En Kazajistán se alaban a nazi-fascistas de la II guerra mundial y el Partido
Comunista está prohibido. En las protestas del año 2021, se masacró a la clase
trabajadora la cual protestó en contra de los más de 30 años de dictadura
capitalista de la mano de Nursultán Nazarbáyev. Rusia se puso del lado del
gobierno y apoyó en la carnicería. Es decir, intervino para que un gobierno
adulador del fascismo, sino pro fascista, se mantenga en el poder.
Entonces, la guerra en Ucrania no es anti fascista, no tiene
realmente ese objetivo, y el término solo se usa demagógicamente para generar
simpatías principalmente entre los sectores de la izquierda además de dar la
excusa moral a la intervención fuera como dentro de Rusia. Con respecto a los
pueblos de Donetsk y Lugansk, queremos preguntar a los socialdemócratas: ¿Por
qué los rusos esperaron ocho largos años para reconocer la independencia de
estos pueblos? Con Crimea, el reconocimiento y anexión a Rusia fue casi de
inmediato. ¿Cuál es la diferencia entre Crimea y el Donbás, si el ejército ucraniano
no podía hacer nada contra el ruso en 2014? La respuesta no es difícil. Crimea
representa un territorio geoestratégico para Rusia, dándole una mejor posición
en el Mar negro. En cambio la política imperialista rusa necesitaba una guerra
entre los separatistas — de Donetsk y Lugansk — contra Ucrania; para así
presionar a los ucranianos e influir en su política interna y alejarlos de la
esfera de influencia de la OTAN. Justamente esto representaba los acuerdos de
Minsk I y II. Ucrania debía reconocer un estatus de autonomía especial a estas
dos regiones. Finalmente, como los acuerdos de Minsk fueron pisoteados por el
gobierno ucraniano, y ante la negativa de la OTAN de prometer la no entrada de
Ucrania a la alianza militar, Vladimir Putin eligió el camino de la guerra. En
otras palabras, el imperialismo ruso utilizó a los pueblos de Donetsk y Lugansk
como simples piezas de ajedrez de su geopolítica. Se debe defender la
autodeterminación de los pueblos como el del Donbás, sí, pero no defender el
intervencionismo de ninguna potencia sobre el destino de estos pueblos, menos
si se usan como justificación para invadir a otros.
Existe una parte de la socialdemocracia que sí reconoce la
existencia de las aspiraciones imperialistas de los rusos; sin embargo, afirman
al mismo tiempo, que la contradicción principal es con el imperialismo yanqui —
catalogado de hegemónico —; y por ello, es razonable, y hasta dialéctico, hacer
un frente con el imperialismo ruso para enfrentar al expansionismo de la OTAN y
de los EEUU. En este aspecto, la socialdemocracia falla en interpretar
dialécticamente la realidad objetiva del escenario internacional. Evidentemente
vivimos un período histórico donde la contradicción principal ya no es el
imperialismo yanqui, ya que este ha dejado de ser hegemónico. Podemos constatar
el surgimiento de nuevos imperialismos, como el ruso, y en especial el chino,
el cual pretende incluso desplazar a los EEUU como única superpotencia del
mundo. Así como José Carlos Mariátegui concluyó que a principios del siglo XX
que el capital inglés estaba siendo desplazado por el capital estadounidense en
América Latina; podemos concluir que el capital chino cada vez desplaza más al
capital estadounidense. Esto lo podemos comprobar por la alta importación que
tenemos de productos chinos (dejando en segundo lugar a EEUU), por las
adquisiciones de empresas eléctricas por parte de los chinos en nuestro
continente — Luz del Sur en Perú —; y por la continua política extractivista de
materias primas por parte de la potencia asiática, lo cual nos impide salir del
marco del capitalismo atrasado y dependiente. Ahora bien, es cierto que el
imperialismo ruso apenas llega a influir sobre países como Cuba, Venezuela o
Nicaragua en América. Evidentemente Rusia no pasa de ser una potencia regional.
Aunque la cosa cambia cuando nos referimos al escenario que tratamos ahora;
Europa del este y Asia central.
La invasión rusa a Ucrania tiene grandes posibilidades de
escalar a una guerra mayor, ya que los Estados Unidos, la UE y sus aliados
alrededor del mundo están emprendiendo una serie de sanciones económicas,
usando la economía mundial para aislar a la economía rusa. Aparte de ello, se
instrumentaliza políticamente a la FIFA y a la UEFA para desmoralizar al pueblo
ruso negándole su participación en los eventos de fútbol. Estas sanciones
económicas afectan especialmente a la clase trabajadora rusa, que pasarán por
una crisis de inflación y desempleo, además de dar su vida en una guerra de
intereses burgueses, como decía Lenin: “las guerras las inician, siempre y en
todo sitio las clases explotadoras y dominantes”. Ya la civilización humana ha
pasado por dos guerras imperialistas por la obtención de mercados y los
recursos de las colonias. El gobierno ruso ya manifestó por medio de su ministro
de relaciones exteriores que la única salida para las sanciones económicas a
Rusia, es una tercera Guerra Mundial que sería una guerra nuclear. Lo cual
sería devastador para los pueblos del mundo.
Afirmamos entonces que el escenario internacional es el de
pugnas imperialistas por mercados y de esferas de influencia. En este marco, no
nos podemos decantar por ningún imperialismo, todos deben ser rechazados.
Finalmente, así como los bolcheviques nunca se decantaron por ninguna potencia
imperialista en la Iera guerra mundial — a diferencia de los traidores
socialdemócratas de la II internacional — y llamaron al proletariado a tomar
las armas y rebelarse contra sus gobiernos, pues eran los hijos de la clase
trabajadora y no de los burgueses quienes estaban muriendo en esa guerra. El
pueblo ruso y ucraniano también deben repudiar la guerra imperialista en
Ucrania, derrocar a sus respectivos gobiernos y declarar la guerra a la guerra.
Esto, porque la única forma de alcanzar la paz en la región es teniendo a la
clase obrera en el poder de ambos países. Sólo así esos nacionalismos que han
venido desangrando y fragmentado a la región concluirán para ser reemplazados
por el internacionalismo proletario. De lo contrario, es obvio que el cese al
fuego que tenga esta guerra solo será temporal. Los nacionalismos avivados por
el imperialismo seguirán dividiendo a los pueblos.
El Donbás y los pueblos ruso parlantes de Ucrania deben ser
libres de elegir en qué lado estar, pero también el resto de Ucrania (occidental,
pro ruso o independiente que sería lo deseado), por el derecho a la
autodeterminación, aunque le pese a una u otra potencia. Si los
marxistas-leninistas de Hispanoamérica reconocemos este derecho a unos pueblos,
y le desconocemos a otros como al ucraniano-parlante, bajo el pretexto de
“salvaguardar la seguridad de Rusia”; tendríamos también que aceptar que el
Perú, Cuba, México o Nicaragua jamás puedan elegir libremente qué destino tomar
si eso pone en riesgo la seguridad del imperialismo norteamericano. De ahí que
nos damos cuenta que el derecho a la autodeterminación siempre va estar en
riesgo bajo el contexto imperialista, y que realmente la soberanía de los
pueblos se pisotea conforme le convenga a las burguesías de uno u otro país.
Por ello, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos sólo podrán estar
garantizadas cuando se tenga a la clase obrera en el poder. Parafraseando a
Stalin, si las naciones tienen derecho a auto determinarse, la clase obrera
también tiene derecho a implantar su dictadura.
¡Contra la Guerra Imperialista! ¡La Revolución Proletaria!
¡Por el derecho a la autodeterminación de los pueblos!
¡Viva el internacionalismo proletario!
